Chimeneas

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Hasta este viaje no había sido consciente de la belleza que pueden llegar a tener las “chimeneas”. Las consideraba una estructura obligada en tiempos remotos cuando la única fórmula para calentar los hogares era el fuego.

En algún momento, tuve la oportunidad de vivir con unos amigos en Londres. En aquella casa cada habitación tenía su propia chimenea. Estos días de ruta por Bretaña recordé las tardes de domingo frente al fuego en el gran salón, charlando, leyendo, o escuchando música y tomando algo caliente. Sentí una gota de nostalgia pensando en aquellos momentos y en las personas que me rodeaban entonces.

Días después, organizando las fotografías del viaje, me doy cuenta de que, sin habérmelo propuesto, he retenido, no solo en mi mente y en mi mirada, sino también en mi cámara, imágenes de algunas chimeneas que removieron mis recuerdos.

Me preparo algo caliente con una gota de nostalgia y elijo una música de blues para una tarde de domingo… Me hace sentir bien.


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La noche de los Tranvías

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Es como si de repente, en el aire, muriese algo que vuela, un indeterminado murmullo de ecos que parecen venir de un túnel blanco.

Y es también, desde luego, el ruido de vasos de cristal cuando se pisan, su metáfora fría de élitros batientes, la indecisión de las fieras nocturnas frente al amanecer.

Felipe Benítez Reyes

Fotografías del tranvía tomadas en la estación Mercado de la ciudad de Zaragoza

Amorino

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Aparecí soprendentemente en el interior de la heladería. La temperatura en la ciudad a esas horas era de tres grados. No había tenido ninguna intención, pero una fuerza superior a mi debió de darme el empujón.
Titubeé unos segundos, había dos mesas ocupadas con personas tomando un café de media mañana. Yo no pensaba tomarme un café. En realidad, no sabía muy bien a qué demonios había entrado allí. Unos segundos antes, cuando aún estaba afuera, sí es cierto que me había quedado mirando al escaparate de la cafetería-heladería porque me habían llamado poderosamente la atención los colores y la exquisita disposición de los helados. Pero la temperatura afuera era de tres grados, ya lo he dicho, o sea, que en realidad no había entrado porque me apeteciera comer un helado. No había podido evitar pararme en el escaparate a contemplar aquella preciosa exposición.

Pedí disculpas a Paula, me quedé un poco parada, y me sonrió. Le confesé que, en realidad, no sabía muy bien por qué había entrado allí.
—Está bien, siéntase cómoda, aquí hay más calorcito que en la calle.
Miré los helados…
—Soy fotógrafa aficionada (dije en voz muy baja) y miré de reojo a las personas que ocupaban el local para asegurarme de que no me habían escuchado.
Su sonrisa era cálida y condescendiente, me animó a volver al día siguiente con la cámara (ella no sabía que yo la llevaba en mi bolso).
—Estaré yo aquí entre las nueve y las doce y media de la mañana. Le espero. Le invitaré a un café. Y tome las imágenes que le gusten sin prisa. ¿De acuerdo?

¡Sin más, me sentí un ser privilegiado!